El dilema de la Patria y la geografía…

Este post no es mío y es de hace casi un año pero me pareció oportuno postearlo al hacer casi un año de mi llegada a la Argentina y vivir la emigración. Saludos a todos y espero les guste. Si ya lo leyeron pues comenten su experiencia. bandera

– Es que ella no vive aquí.

-¡Ah bueno! ¡Hubieras empezado por ahí!

Durante mi más reciente viaje a la isla de lo real maravilloso, en Diciembre pasado, entre las muchas cosas nuevas con las que me tropecé debutó la frase: “ella no vive aquí”. Aunque mis interlocutores en aquella conversación no guardaban ninguna secreta mala intención, la frase me dejó en knock out por unos segundos. Habían transcurrido ya año y medio desde que me había “ido del país” y en ese tiempo, ya sumaban tres las visitas a la isla. Pero esta era la primera vez que, en una conversación acompañada de cervezas y la excelente compañía de amigos y desconocidos, saltaba la frase lapidaria “ella no vive aquí”.

No es que yo no lo supiera. Basta con entrar a tu país usando tu pasaporte cubano, en el que pone que tu lugar de nacimiento es La Habana, pero teniendo que enseñar tu documento de identidad canadiense. Es suficiente tener que pagar un “seguro médico” por 50 dólares, porque aún cuando eres “cubana” y tienes que entrar con tu pasaporte cubano, no puedes ir a un hospital a atenderte porque ya no vives en Cuba.

Los viajes a la isla están llenos de señales, unas menos sutiles que otras, indicando que ya no eres “uno de nosotros”. Si no te vas a joder esperando el P1 una hora o más, bajo un crudo sol de cualquier mes del año, o sofocarte en una cola en la CADECA para cambiar tu salario y ver cómo, a la inversa del milagro de los panes y los peces, la cantidad real de dinero en tus manos se disminuye hasta darte mareo; si no vas a asistir a las manifestaciones del Primero de Mayo, la Victoria de Girón, o la reunión del sindicato: ¿quién eres tú para querer atenderte en un hospital “gratuito” que tanto le cuesta a la Revolución? Gusana. Desafecta. Aprovechada. Qué importa que tengas que pagar 350 dólares canadienses para hacerte tu pasaporte CUBANO. Qué importa que tus sentimientos de cubanía y arraigo no hayan cambiado. Lo que importa es que te fuiste, traicionaste, abandonaste el barco cuando le estaba entrando agua por los cuatro costados. Así que ahora no vengas a querer coger botella.

El tema de los cubanos residentes en el exterior es en extremo delicado. Toca sensibilidades a ambos lados del mar Caribe y otras latitudes. Y casi todo el mundo tiene sus opiniones, algunas un poco drásticas, sobre los cubanos que nos fuimos versus los cubanos que se quedaron.

Sin embargo, y para ser honesta, yo durante los años que estuve en Cuba “mordiendo el cordobán” y tratando de ser partícipe de los cambios que mi sociedad pedía a gritos, jamás tilde de traidor ni desafecto a ninguno de los conocidos que habían tomado la difícil decisión de mudarse de planeta. Sí, me molestaba cuando aquellos que tomaban coca cola y comían croissants en el desayuno venían a Cuba a criticar la vida en el exterior y magnificar la vida en Cuba, porque yo me decía, “es muy rico olvidarse de lo jodía que es la vida aquí cuando se vive con tarjetas de crédito y buses con aire acondicionado”.

 Pero jamás osé pensar que esas personas eran menos cubanas que yo. Me pareció siempre que la cubanía no se mide en términos de “te quedas o te vas”, “coges el P1 o el metro”. Sobretodo cuando en el caso particular de Cuba, la emigración es un fenómeno con matices bien diferentes a los que puede tomar en otros rincones de la tierra.

De igual modo no dejo de reconocer que, para los que se han quedado en Cuba y siguen en pie de lucha, tratando de sobrevivir el mes con menos de lo que yo gasto a la semana, resulta complejo interpelar a este otro “cubano” que vive “la buena vida” y viene a Cuba a quedarse en hoteles en Varadero con los que otros cubanos solo pueden soñar.

Creo que no se trata de demonizar a los que nos fuimos. En la mayoría de los casos, daríamos lo que no tenemos por que las cosas cambiaran en Cuba. Nos fuimos, en muchos casos y entre otras cosas, para intentar hacernos un futuro menos lúgubre y poder ayudar a nuestras madres, padres, abuelos, hermanos, etc. Vamos de visita a Cuba y desde varios meses antes estamos arañando la tarjeta de crédito (dinero que al final ni siquiera es nuestro) para comprar “regalitos”. Vamos a la tienda del todo por uno para atiborrar las maletas de chocolates y así garantizar que cuando pase el vecino a saludar tengamos algo que ofrecerle, algo que le diga “me acordé de ti”. Y, en la mayoría de los casos insisto, hacemos esto de buena fe. No existe ley alguna, ni moral ni jurídica, que nos obligue a llevarle nada a nadie. Lo hacemos porque somos cubanos se quiera o no.

Porque sabemos las mil dos necesidades que se pasan en nuestra isla. Porque cada vez que vamos a la tienda pensamos “como le gustaría a mi vieja probar este chocolate” o, “mira para eso, helado de tiramisú, el favorito de fulano” o peor aún, “mira, ¡desodorante!” . Escribimos a nuestros familiares y amigos preguntando qué hace falta. “Mami dime con tiempo si necesitas que lleve desodorante y pasta de dientes”. “Tata por fin dime si compro el paquete de 20 rollos de papel sanitario”.

Por otro lado es infantil pensar que nos fuimos y en el extranjero vivimos la dulce vida. Mientras es cierto que a algunos cubanos les ha ido muy bien, a otros muchos nos alcanza a duras penas para vivir decentemente. El problema es de perspectiva. Lo que en muchos de estos países constituye “vivir decentemente” en Cuba serían lujosos estilos de vida. Pero eso no tiene nada que ver con ninguno de nosotros. Nosotros, los de aquí y los de allá, no dictamos los estándares de vida ni en Cuba ni fuera de Cuba.

En casi todos los países a los que llegamos nos tratan como inmigrantes. Que no quiere decir nada malo, pero la realidad es que no eres uno de ellos. Cuándo te conocen te preguntan de dónde eres, y le tienes que decir, de Cuba. Eres cubano. Y yo me pregunto, si para los canadienses soy cubana, pero para los cubanos ya no tanto,  ¿qué soy entonces?

Yo me sigo sintiendo cubana. Pienso que tengo el mismo derecho a opinar sobre Cuba que los que siguen allí. Para mí uno no se gana el derecho a opinar con un carnet de identidad de seis dígitos azulito y blanco. El derecho a opinar se deriva del amor que tengas por tus raíces, por los tuyos, por la tierra que te vio nacer aún si esa misma tierra te hizo llorar más de una vez.

Creo firmemente en ese tantas veces mal utilizado y prostituido verso de Martí. Ese del amor a la Patria. Ustedes saben cuál.

Cuba: sigo sintiendo un odio invencible a quien te oprime, y un rencor eterno a quien te ataca. Ahí sigue la bandera en esta pared de Toronto; ahí seguirá mientras yo respire.

Tomado del Blog Los Muchos Caminos

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