A los vigilantes del dogma

Mensaje de Juan Antonio García Borrero a Arturo Arango y Juan Carlos Tabío

Queridos amigos:

Recibí los mensajes que ambos han circulado a propósito de la polémica originada por las declaraciones de Leonardo Padura en Buenos Aires. No reiteraré tópicos que ya han expresado, y que comparto casi en su totalidad. Me gustaría en todo caso apuntar un par de ideas que tendrían que ver con el papel que hemos jugado o dejado de jugar los intelectuales en todo este período de construcción del socialismo cubano, es decir, con la aceptación o rechazo por parte de los intelectuales de ese silencio prudente que, hacia el final de su texto, recomienda el prestigioso académico Atilio Borón.

Lo del silencio intelectual impuesto o auto impuesto, y las consecuencias que ello ha traído al mejor o peor funcionamiento de nuestra sociedad, es algo que cada vez me parece más imperioso estudiar a fondo, si queremos pensar de veras en un futuro que supere el actual orden de las cosas. Hasta ahora hemos dedicado todos nuestros esfuerzos a criticar, exaltar, confrontar aquello que se ha dicho públicamente (no importa si a favor o en contra del proceso político iniciado en 1959), pero hemos atendido poco a lo que se ha dejado de decir, y mucho menos nos ha interesado escrutar en esos contextos que posibilitaron que lo que hoy podríamos calificar de una verdadera espiral del silencio intelectual, ganara naturalidad. Y sí, insisto: si de veras queremos tener una mayor claridad del futuro al que queremos llegar, o al que llegarán nuestros hijos, en algún momento tendremos que narrar la historia de nuestros silencios.

Entiendo cuando Borón alerta sobre la necesidad de no perder de vista algo tan abstracto y al mismo tiempo omnipresente como es eso que llamamos “imperialismo norteamericano”. Ignorar la existencia de ese imperialismo, ignorar su impronta sobre la vida de millones de seres que carecen de lo mínimo sería cuando menos poco serio. Pero una cosa es esa, y otra es desconocer los impactos negativos que han tenido entre nosotros los errores de los hombres que en Cuba insisten en construir una sociedad alternativa. Y como esa construcción va siendo colectiva, pero guiada por el grupo gobernante, entonces se le haría un flaco favor a la construcción del socialismo (que como sistema social sería siempre mucho más complejo que la visión que puedan tener del socialismo los que gobiernan aquí o allá, en determinadas fechas) si se sigue alimentando esa adicción al silencio ante los errores de la élite política, adicción que ya alguna vez se contrajo con gusto apelando a la coartada de un impersonal sujeto colectivo nombrado “revolucionario”.

Lo “revolucionario” fue el gran saco donde desaparecieron, de pronto, todas las tensiones que en la vida real ponen a luchar a los seres humanos entre sí. De manera que en nombre de ese sujeto colectivo nombrado “revolucionario” nos recomendaron (y lograron imponer por un tiempo) el silencio alrededor de esas injusticias que en la práctica y de manera sorda seguían fomentándose contra los negros, las mujeres, los homosexuales, en tanto la prioridad era construir el comunismo, y formalmente las iniquidades habían sido suprimidas en los textos legales. Hoy ya hemos admitido que el racismo perdura en nuestra sociedad, y las feministas siguen librando sus batallas, ahora con más argumentos, y CENESEX encabeza una lucha que podría concedernos un poco más de sensibilidad ante el fenómeno de la diversidad sexual.

Muchos, sin embargo, tratan de eximir al Estado de toda responsabilidad histórica creyendo que con ello lo defienden mejor. Pero, ¿acaso no era el mismísimo Ernesto Che Guevara quien hacía esa temprana advertencia en “El socialismo y el hombre en Cuba” de que todo Estado (por ser hombres de carne y hueso quienes toman las decisiones) se equivoca? “Sin embargo, el Estado se equivoca a veces”, decía allí, y añadía: “Cuando una de esas equivocaciones se produce, se nota una disminución del entusiasmo colectivo por efecto de una disminución cuantitativa de cada uno de los elementos que la forman, y el trabajo se paraliza hasta quedar reducido a magnitudes insignificantes; es el instante de rectificar”.

Ahora, la pregunta que queda en el aire a raíz de esa observación del Che no resultaría menos inquietante que lo que intenta subsanar: ¿quiénes estarán autorizados a contribuir a esa rectificación? “Es el instante de rectificar”, nos dice, pero en el caso de los cubanos, ¿significa que es solo la élite gubernamental y los miembros del Partido Comunista los que tendrían el derecho a establecer la crítica a esos humanos errores, condenando al silencio a los otros actores sociales?

Ese dictamen excluyente nunca llegó por escrito, pero mi criterio es que a partir de 1968 (es decir, mucho antes del 71 que tan bien estudia Jorge Fornet en su libro) se comienza a institucionalizar ese silencio intelectual que casi siempre se justifica con la coartada de que, si se habla de nuestras carencias más graves, se le estaría entregando armas al enemigo, es decir, a ese imperialismo norteamericano al que alude Borón. Lo cual es de lamentar, porque hasta el 68 parecía natural en Cuba la coexistencia, a ratos nada pacífica (como sucede en la vida real, por cierto), entre la vanguardia política y la vanguardia artística.

Entonces la esfera pública era un hervidero de polémicas donde podías encontrar debatiendo lo mismo a Alfredo Guevara y Blas Roca, que al Comandante Serguera y el Consejo de Dirección de la revista Revolución y Cultura”, por citar apenas a algunos ejemplos, si bien basta revisar el libro que Graziella Pogolotti ha organizado con algunos de los debates de la década, para darnos cuenta que eran muchos los que querían contribuir (no con su silencio militante y disciplinado, sino con la voz activa e incómoda que quería defender la utopía humanista), a la construcción de los nuevos escenarios.

Eso comenzó a cambiar de un modo radical tras la muerte del Che. Ya en el hoy olvidado Congreso Cultural de La Habana, celebrado a principios de 1968, el término “intelectual revolucionario” empezó a contraponerse al de “intelectual crítico”: la época exigía que había que ser “intelectual revolucionario” antes que “intelectual crítico”, como si una cosa estuviese divorciada de la otra. Obviamente, pesaba aquello que el Che había escrito sobre el pecado original de los intelectuales, pero también era una época donde se exigía más acción que pensamiento académico, y muchos intelectuales apoyaron esa percepción. Tengo a mano, para poner un ejemplo, esto que Lisandro Otero escribía en uno de los editoriales del número 2 de la revista “Revolución y Cultura”:

Algunos dirán que el escritor tiene su propia misión específica que no es la del soldado y esto es aceptable siempre que el escritor no se autotitule revolucionario. Porque el método del oficio revolucionario es el combate y quien lo rehúye no puede decirse tal. Y en definitiva quien esté al margen de la acción ¿podrá reflejar realmente la necesidad revolucionaria u ofrecerá una visión contemplativa del devenir histórico? Desde los observatorios las imágenes siempre se perciben deformadas o inexactas”.

Cierto, el contexto histórico era otro, y las demandas de descolonización política formaba parte del imaginario de las izquierdas de la región y del llamado Tercer Mundo, muchas veces contrapuestas a las izquierdas europeas, como puso en evidencia el segundo “caso Padilla”. Pero, ¿cuántas desmesuras no se hubiesen podido evitar si el silencio del intelectual revolucionario que prefiere callar ante “las pequeñas injusticias”, porque lo que vale es la Causa mayor, no hubiese sido confrontado con la crítica intelectual que le habla al Poder con transparencia de esos descomunales errores?

Se me dirá que la represión estalinista en Cuba entonces era de temer, como demostró (por poner un ejemplo) la desaparición de la revista “Pensamiento crítico”. O el Primer Congreso de Educación y Cultura y sus escandalosas recomendaciones de parametración de los seres humanos, de acuerdo a una escala de valores construida por el grupo dominante. De acuerdo: yo no sería capaz de apuntar con un dedo a los que entonces optaron por callar porque es muy fácil enjuiciar a los otros cuando se vive un momento histórico aparentemente más abierto a la tolerancia. Trato de imaginar qué hubiese hecho yo en esas circunstancias, y sé que jamás obtendré una respuesta confiable.

Por eso, más que enjuiciar a quienes vivieron esa época, me interesa comprender (quisiera enfatizar ese término: comprender) cuáles fueron los dispositivos que permitieron que una idea tan humanista como la que propuso originariamente Marx, una herramienta que supuestamente venía a emanciparnos, a hacernos más libres y plenos como individuos, se convirtió en el siglo pasado en aparato de dominación y terror en todo ese sistema comunista que por algo se derrumbó.

Esto me interesa justo porque no he renunciado a la idea de que un día sea posible vivir una sociedad menos deshumanizada que esas que actualmente padecemos los humanos del ahora, vivamos en el capitalismo o en el socialismo. Y porque no basta repetir como un loro que el socialismo es superior al capitalismo: se necesita demostrarlo con argumentos, pero antes con actos, realidades.

Y una de esas realidades tendría que hablar de las conquistas de espacios donde sea posible ejercer la crítica más radical a quienes construyen ese socialismo (con la misma soltura con la que criticamos en nuestra televisión al capitalismo), sin temor a las represalias de quienes se consideran a sí mismos guardianes de una Verdad para ellos intocable, y que por tanto se erigen en sujetos intolerantes, incapaces de reparar en que, más allá de las convicciones que podamos albergar en nuestras mentes, la vida todo el tiempo ha proseguido evolucionando, y ha creado nuevos conflictos, nuevos problemas, nuevos sujetos, nuevas aspiraciones.

A estos vigilantes del Dogma sagrado e intocable que repudian la diversidad, que recelan de todo lo que huela a nuevo, cambio, libertad, y aspiran a la uniformidad del pensamiento según lo que ya han hecho suyo, apremiándonos al silencio complaciente cuando uno no quiere hacerle el juego a ese consenso artificial, se les podría seguir oponiendo aquella célebre interrogante de los antiguos: ¿Quién vigila a los vigilantes?

Un abrazo grande,

Juan Antonio García Borrero. Publicado en su blog Cine Cubano la pupila insomne

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2 comentarios en “A los vigilantes del dogma

  1. “…el papel que hemos jugado o dejado de jugar los intelectuales en todo este período de construcción del socialismo cubano…” ¿hemos o han?

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  2. Compatriota:
    Yo resumire todo lo que veo y siento que esta pasando en nuestra patria como siempre,con unas palabras del pensamiento martiano quien tanto tu debes conocer,”es la hora de los hornos y no se ha de ver mas que la luz” en perfecto cubano,lo demas es vianda y demagogia,como decian los muñequitos rusos,”acabemos con los que no se puede”
    Un abrazo en la distancia cercana.

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