Por Ingrid Castellanos Morell (Estudiante de periodismo)

Lo conocí una noche del Taller de la crítica, después de una violenta cola para penetrar en la pequeña sala de video Nuevo Mundo. En esa ocasión, solo alcancé un pedazo de piso compartido por muchos que, como yo, ansiaban conocer Memorias del Desarrollo. Fue la primera vez que oí hablar de él. Su estética propia, el nuevo lenguaje que proponía me desconcertó.

Después de un año me rencontraba con Miguel Coyula en la misma sala, con la misma película, pero esta vez el director sentado a mi lado. No podía creer que todo lo que veía en la pantalla tenía su origen a tan solo unos centímetros, lograba escuchar transpirar la obra. A mi lado Coyula no parpadeaba, no respiraba, todos sus sentidos en la pantalla como si fuera la primera vez que veía la secuencia. Nada existía en sala oscura, solo él y aquellas imágenes que parecían ajenas a su asombro. Yo tampoco pude decir nada, era un pecado romper el sortilegio. Fue después de encendidas las luces que me animé con la timidez de la admiración a entrevistarle. Ver artículo completo »