
Yo también soy rebelde
Desde que el hombre es hombre, en todas las culturas y épocas, el pelo ha sido motivo de preocupación y de fábula.
Más allá de la función biológica que, como mamíferos al fin, cumple el pelo, el cuero cabelludo se ha convertido con la ancianidad de la civilización en bandera de religión, preferencia sexual, tendencias de la moda, intereses políticos y estilos de vida.
La evolución emprendida hace miles de años, que convirtió a nuestros antepasados peludos de las cavernas en el hombre de hoy, nos dejó un atractivo accesorio que ya muchos envidiarían en el reino animal.
Ese filamento delgado y flexible se ha convertido en estos últimos años en un dolor de cabeza no solo para biólogos, que han logrado ya hasta clonarlo, sino también para estudiosos en el campo de la cultura debido a su gran importancia como medio de expresión personal. Si revisamos la historia hallaremos muchos ejemplos.
En el antiguo Egipto, el pelo era símbolo de jerarquía social. Los monarcas dedicaban mucho tiempo a su cuidado y se cuenta que en ocasiones eran rociadas con oro. Para los griegos los rizos dorados no solo era visto como el ideal de belleza, recordemos los héroes descritos por Homero, sino que era entendido también como una actitud. Eran la metáfora de la turbulencia, el cambio, la libertad y el disfrute de la vida. La palabra “oulos”, del griego antiguo está relacionada con la intriga, y la palabra en alemán “locken” todavía tiene dos significados: rizar y tentar a alguien.
¿Corto o largo?
Es uno de las disyuntivas más antiguas de la humanidad tanto como el “ser o no ser” de Shakespeare; el largo cabello y su significación han ido variando con el suceder de los años y de las modas. Los celtas, pueblos que ocuparon a partir de los siglos VIII y VII a.n.e la Europa occidental, tenían como símbolo de fuerza física y mental que un hombre llevara al cabello largo y en una mujer era la expresión de su fecundidad. Ver artículo completo »
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